miércoles, 6 de mayo de 2015

Contantino el GRANDE

Constantino

Hacia 284 d.C., el Imperio Romano parecía abocado a la disolución. En los últimos 50 años se habían sucedido veintiséis emperadores, y sólo uno de ellos había fallecido de muerte natural; persas y bárbaros hostigaban constantemente, y con éxito, las fronteras norte y este; las pestes, la miseria y la anarquía presagiaban una rápida caída. En el 330, año de la inauguración de Constantinopla, la nueva capital imperial, el Imperio seguía unido, con las fronteras intactas y en paz. Ése fue el resultado de la labor titánica de dos hombres brillantes y enérgicos, que supieron entender los cambios que traía la historia: los emperadores Diocleciano y Constantino I, llamado el Grande.
Hijo de Constancio Cloro y de su concubina Elena, Cayo Flavio Valerio Aurelio Constantino nació en Naissus (la actual Nis, en Yugoslavia), un 27 de febrero de no se sabe qué año, aunque los historiadores no dudan en situarlo entre el 270 y el 288, en pleno período de «desgobierno militar» del Imperio Romano. Las reformas de Diocleciano intentaban estabilizar la situación mediante el nombramiento de dos emperadores o augustos y de sus respectivos sucesores (o césares). Su padre, Constancio Cloro, fue nombrado sucesor de Maximiano y se separó de Elena para contraer matrimonio con Teodora, hija adoptiva de su emperador.

Constantino el Grande
Constantino pasó la mayor parte de su infancia en los campamentos militares romanos acompañando a su padre. Cuando Constancio Cloro fue proclamado césar de los Alpes Occidentales en el 293, Constantino fue enviado a la corte del emperador Diocleciano, al que acompañaría en su expedición a Egipto del año 296. Educado con esmero en la corte de Diocleciano en Nicomedia (la actual Izmir, en Turquía), estuvo en contacto con los numerosos cristianos de la corte imperial y de las ciudades del este y fue testigo de excepción de la persecución que Diocleciano desencadenó en el 303 contra los cristianos.
Cuando en el 305 Diocleciano y Maximiano abdicaron por motivos de edad, el padre de Constantino, Constancio Cloro, fue nombrado augusto de la mitad occidental del Imperio; Galerio quedó al mando de la mitad oriental. La abdicación de Diocleciano y Maximiano llevaba consigo el ascenso de los césares a augustos o emperadores y la elección de nuevos césares, lo que obstaculizaba las expectativas de sucesión dinástica de los hijos de quienes habían ascendido a emperadores. La situación provocaría una compleja serie de guerras civiles.
Constancio quiso nombrar césar a su hijo Constantino, pero las intrigas de Galerio evitaron este nombramiento. A pesar de ello, Constantino logró el permiso de Galerio para viajar a Britania para reunirse con su padre. Y, tras la muerte de Constancio Cloro en Ebocarum (York), sus topas le proclamaron augusto en la misma ciudad el 25 de julio del 306. Pero Galerio se negó a confirmar su nombramiento como augusto, y Constantino hubo de aceptar el título de césar en el tercer gobierno de la Tetrarquía, mientras Severo era designado para el cargo de augusto. A Constantino se le permitió administrar las provincias asignadas a Constancio Cloro (Galia, Britania e Hispania). Finalmente sería reconocido augusto por el anciano emperador Maximiano, que había vuelto a la vida política, y con cuya hija Fausta contrajo matrimonio el 31 de marzo de 307. Habitualmente entre los historiadores se ha fijado este último año como la fecha en la que se produjo el inicio del reinado de Constantino I.
A finales del 308, Diocleciano, Maximiano y Galerio se reunieron en la Conferencia de Carnuntum, con la intención de poner en orden el caos político en el que estaba envuelto el Imperio. En ese momento había cinco augustos (los legítimos Galerio y Severo, y los usurpadores Constantino, Majencio y Maximiano) y un solo césar, Maximino Daya. Durante dicha conferencia se desposeyó del título de augusto a Constantino, quien se negó a aceptar la degradación y puso todo su empeño en hacerse con el control del Imperio. Lo primero que hizo fue reforzar su poder en Galia, Britania e Hispania. Tras frenar una invasión de los francos, consiguió derrotar a Maximiano en la Galia, quien fue entregado a Constantino por los oficiales de sus propias tropas.

La batalla del Puente Milvio
En el 312 invadió Italia, donde gobernaba Majencio, hijo de Maximiano y su principal rival para hacerse con el control del Occidente del Imperio. Las fuerzas de Constantino resultaron vencedoras en Turín y Verona. Las tropas de Majencio y Constantino se enfrentaron el 28 de octubre de ese mismo año en la batalla del puente Milvio, a las afueras de Roma; el enfrentamiento finalizó con la victoria para las tropas de Constantino. Majencio encontró la muerte al ahogarse en el Tíber en su huida y Constantino pudo adoptar el título de máximo augusto aunque su dominio sólo abarcaba el oeste del Imperio.
Según la tradición recogida por Eusebio de Nicomedia, el día anterior a la batalla del puente Milvio, Constantino vio en el cielo una señal: una cruz acompañada de la leyenda in hoc signo vinces (con este signo vencerás). Constantino, que probablemente profesaba una religión solar monoteísta, había mantenido contactos con el cristianismo y era consciente de la fuerza que ese credo tenía en el Imperio, lo que sin duda influiría en su política posterior. Para conmemorar esta victoria hizo construir en el 315 en el Foro de Roma el famosísimo Arco de Constantino, en el cual atribuyó la victoria sobre Majencio a la protección de la divinidad, sin especificar cuál. Posteriormente la historiografía cristiana calificó la victoria de Puente Milvio como la primera batalla ganada por un emperador romano gracias a la ayuda de Dios.
Esta victoria dejó a Constantino como único emperador de Occidente; así lo ratificaría el Senado, reconociéndolo como el emperador de mayor rango. Paralelamente la situación se normalizó también en Oriente, donde Licinio, con quien había firmado una alianza Constantino en la primavera del 313, en la que habían acordado repartirse el Imperio, consiguió derrotar a Maximino Daya. Con el fin de estrechar las relaciones entre ambos augustos Licinio contrajo matrimonio con la hermana del emperador de Occidente, Constancia.

Bodas de Licinio y Constancia
Licinio y Constantino promulgaron conjuntamente en el 313 el Edicto de Milán, por el cual se decretaba la libertad de cultos en todo el Imperio. Se reconoció a los cristianos el derecho a celebrar sus cultos y se restituyeron los bienes eclesiásticos. Constantino concedió a su vez importantes privilegios al clero cristiano, entrando muchos de ellos a formar parte de la administración de Roma, y participó decisivamente en los concilios de Arlés (314, contra el donatismo) y, muchos años después, en el de Nicea (325), que condenaría el arrianismo. Sin embargo, el hecho de que Arrio sostuviera que la divinidad de Dios Padre era superior a la de Dios Hijo (principio que permitía establecer diferencias de grados entre los hombres y justificaba que el emperador tuviera un rango más elevado que los demás humanos y fuera el intercesor de éstos ante Dios), propició que Constantino terminara por dar su apoyo a esta doctrina, que le iba a resultar de gran utilidad política en la construcción de un sistema de monarquía de derecho divino al estilo de la que se fraguó en Oriente.
En el 314 comenzaron las hostilidades entre Constantino y Licinio. El primero resultó vencedor en las batallas de Cibales y Adrianópolis. El tratado de paz que se firmó a continuación permitió a Licinio conservar Asia, Egipto y Tracia, aunque tuvo que entregar a su rival la mayor parte de sus posesiones en Europa. En el año 315 Constantino se invistió el consulado junto con su colega en Oriente, Licinio. Ese mismo año ambos lucharon conjuntamente en la frontera contra los godos y los sármatas; comenzó así entre ambos emperadores un período de colaboración que se prolongaría durante casi una década.

Estatua de Constantino en York (Inglaterra)
En el año 317 proclamó cesares a Crispo (hijo de su primera esposa Minervina), a su otro hijo Constantino, y a Licinio, sobrino suyo e hijo del augusto de Oriente. La colaboración con Licinio terminó abruptamente en el 323: Constantino atacó a Licinio con la excusa de la persecución que el emperador de oriente había desatado contra los cristianos, y acabó derrotándolo en Crisópolis, el 18 de septiembre del 323. Licinio fue desterrado a Tesalónica y ejecutado un año después; Constantino se convertía finalmente en el único emperador de Roma.
Al año siguiente se inició la construcción, sobre la antigua Bizancio, de la ciudad de Constantinopla, que pasaría a ocupar un lugar de privilegio en el Imperio. Un año después, el emperador concedió el título de augusta a Elena, su madre, y en el 326 se desarrolló un drama familiar que al parecer estuvo en el origen del viaje de Elena a Tierra Santa, donde se le atribuye el descubrimiento del Santo Sepulcro y la invención de la Vera Cruz: Fausta, la esposa de Constantino, consiguió que su marido mandara ejecutar a Crispo, primogénito del emperador habido de su anterior matrimonio con Minervina; poco después, Fausta fue acusada de adulterio y Constantino la hizo ejecutar. Tales condenas fueron acompañadas del asesinato de varios miembros de la corte, lo produjo una profunda ola de indignación entre la población de Roma.
El 11 de mayo del año 330 inauguró la nueva capital del Imperio, Constantinopla. La ciudad, que fue engalanada con monumentales edificios y obras públicas, ofrecía la ventaja de su situación excepcional, en la unión entre Asia y Europa. La mayor parte de las ciudades griegas fueron privadas de sus principales obras de arte para ser llevadas a la nueva capital; su Senado pronto sustituiría al de Roma. Entre el 332 y el 334 sostuvo una exitosa campaña contra los godos, a los que consiguió expulsar más allá del Danubio. En el 333 nombró césar a su hijo Constante, y, en el 335, a Dalmacio, uno sus sobrinos.

Muerte de Constantino
Pese a su defensa pública del cristianismo y a su intervención en los debates teológicos (probablemente su interés era fundamentalmente político), Constantino nunca había recibido el bautismo. En su lecho de muerte cambió sus ropajes imperiales por la vestidura blanca del neófito y fue bautizado por Eusebio, obispo de Constantinopla. Murió el 22 de mayo de 337, y fue enterrado en su iglesia de los Apóstoles en Constantinopla. Dejaba el Imperio repartido entre sus tres hijos, Constantino II el Joven, Constante I y Constancio II, y sus dos sobrinos, Dalmacio y Anibaliano, pero los conflictos entre ellos obligaron a que, después de su muerte, Constantino siguiera reinando nominalmente durante varios meses. Dalmacio se hizo con el control del área de Constantinopla y los Balcanes; Constantino II, el mayor de los hermanos, controlaba la parte occidental del Imperio, hasta Treveris; Constancio II era el dueño de la parte oriental hasta Antioquía, mientras que Constante se encargaba del gobierno de Iliria, Italia y África y finalmente otro sobrino, Anibaliano, gobernaba con el título de rey la parte oriental de Asia Menor.
aparece en :http://www.biografiasyvidas.com/monografia/constantino/

domingo, 3 de mayo de 2015

el futbol

La pasión por el fútbol no es casual. Argentina fue seguramente el más adelantado discípulo que tuvieron los ingleses en todo el mundo. Primero, desde los colegios, y luego de todos los rincones del país comenzaron a surgir jóvenes que tenían una rara comunión con la pelota. Fue así como empezaron a aparecer jugadores, a fundarse clubes y a sumarse los títulos.
La Asociación del Fútbol Argentino es la más antigua de sus pares de Sudamérica y la octava del mundo. El fútbol de nuestro país no sólo fue el pionero de América en organizarse, sino que en 1912, se convirtió también en el primero del continente en afiliarse a la FIFA, el ente rector de este deporte a nivel universal. Una muestra más de una dirigencia líder y adelantada que marcó a fuego a las generaciones siguientes.

LAS ASOCIACIONES
Fue la Argentine Association Football League la encargada de organizar, en 1891, el primer campeonato de fútbol que se disputó en Buenos Aires. El presidente de dicha asociación era F. L. Wooley. El torneo fue obtenido por Saint Andew's School. Los otros equipos que participaron fueron Buenos Aires Football Club, Buenos Aires al Rosario Railway, Old Caledonians, Belgrano Football Club y Hurlingham Football Club. Pero resultó muy efímera la duración de aquella liga, porque no contaba con el apoyo del importante club Quilmes Rowers ni del principal impulsor del fútbol en tierras argentinas: el profesor Alejandro Watson Hutton, considerado con justicia "El Padre del Fútbol Argentino".
El 21 de Febrero de 1893, Alejandro Watson Hutton fundó The Argentine Association Football League, (la misma denominación de la anterior), junto a los representantes de Quilmes Athletic Club, Caledonian's, Saint Andrews, English High School, Lomas y Flores. Estaba situada en la calle Venezuela 1230, donde estuvo poco tiempo. Enseguida se trasladó a la calle Del Temple (hoy Viamonte) a escasas cuadras donde hoy está ubicada la AFA. Allí se acordaron las bases del campeonato que se disputó ese mismo año y que tuvo a Lomas como ganador. Este hito en el fútbol organizado de la Argentina no fue suficiente, pero sí fundamental. Debido al crecimiento explosivo de clubes futboleros y a la creación de otra entidad como la Asociación Amateurs la situación se complicó aún más. Estos hechos facilitaron la participación de un mismo futbolista en dos equipos a la vez, originando infinidad de controversias entre clubes y asociaciones. Fue así como se disputaron torneos paralelos entre 1912 y 1914 y entre 1919 y 1926. Precisamente en este último año se produjo la unión de ambas asociaciones y la nueva entidad pasó a denominarse Asociación Amateurs Argentina de Football. No se resolvió nada. Fue así que luego de largas y duras controversias, el 10 de mayo de 1931 en una reunión donde participaron los representantes de "los clubes Atlanta, Boca, Chacarita, Estudiantes de La Plata, Huracán, Independiente, Platense, Quilmes, Lanús, Racing, River, Tigre, Vélez, Talleres, San Lorenzo, Argentinos Juniors y Ferro", se resolvió fundar la Liga Argentina de Footbal, de acuerdo a lo que se lee en el acta de fundación. El 31 de Mayo comenzó la era del campeonato profesional con 18 equipos. Tres años después, en 1934, la organización del fútbol sufrió una nueva reestructuración, pero esta vez administrativa: cambió de denominación: pasó a llamarse Asociación del Fútbol Argentino


club estudiantes

Historia del Club Estudiantes de La Plata


El máximo logro, la Copa Intercontinental.
La Historia del Club Estudiantes de La Plata comienza en 1905 con la decisión de un grupo de jóvenes de fundar una institución social ydeportiva en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires, que permitiera y privilegiara la práctica profesional del fútbol.
Así, el 4 de agosto de 1905 fue fundado el Club Estudiantes de La Plata. Debe su nombre a la condición de estudiantes universitarios de sus creadores e impulsores1 y, desde su fundación, su principal actividad es el fútbol. Se desempeña actualmente en la Primera División deArgentina.
Comenzó su participación futbolística en 1906, al incorporarse a los torneos de AFA, cuenta con 40.000 socios2 y su mayor logro lo obtuvo en1968, cuando se consagró campeón del mundo al derrotar al Manchester United de Inglaterra en la final de la Copa Intercontinental.3
Desde 1913, cuando alcanzó su primer título de Primera División, en la era amateur,4 se consagró campeón del fútbol argentino en cinco oportunidades (1967, 1982, 1983, 2006 y 2010).5 6 Y también sumó seis títulos internacionales; entre ellos, en cuatro ocasiones la Copa Libertadores de América.7
Además de ser la institución que rompió la hegemonía de títulos nacionales de los denominados «cinco grandes» en 1967,8 ganó dos copas nacionales oficiales9 y lleva disputadas, hasta hoy, doce finales a nivel internacional. Y se encuentra entre los cinco equipos del fútbol argentino con más presencias en Primera División, sumando 84 temporadas en la máxima categoría.

sábado, 2 de mayo de 2015

el hombre imaginario autor:José Ignacio Becerril Polo

El hombre imaginado

elhombreimaginadoExisten autores cuyo nombre se asocia de manera inconsciente con ciertos adjetivos que, de alguna forma, definen su personalidad o su obra. En raras ocasiones a ambos. Si pensamos en Bram Stoker y a pesar de ser autor de muchas obras, la primera palabra que nos viene a la mente es vampiro. Isaac Asimov es ciencia ficción. Clive Barker es dolor. J.R.R. Tolkien es anillo. Howard Phillips Lovecraft es Cthulhu y así podríamos seguir en un juego interminable de libres asociaciones mentales que haría las delicias del padre del psicoanálisis, el austriaco Sigmund Freud. Pero no es esa la idea de este pequeño juego de palabras. El objetivo es comprender que es normal que cuando pensamos en Nachob, como él mismo ha gustado de denominarse, la palabra que inunda nuestra mente es imaginación. Las dos antologías que ha publicado hasta el momento: El monstruo en mí (2011, Editorial Saco de Huesos, colección A Sangre) y la presente El hombre imaginado desbordan talento sea cual sea la temática aparente del relato del que se trate: ciencia ficción, terror, fantasía… no importa. El verdadero género es la imaginación.
Hace algún tiempo tuve la ocasión de realizar la reseña de El monstruo en mí y quedé absolutamente maravillado. Para aquellos que no pudieron, o no quisieron, leer aquella reseña, les transcribo un extracto que el propio autor tuvo la gentileza de publicar en su página web. Perturbador y apasionante hasta la médula, este libro es todo un regalo. No pienses ni por un instante que le haces un favor al escritor comprándolo: él te ha hecho el favor al vendértelo. Una demostración de maestría escrita en donde se nos demuestra, una vez más, que el monstruo más terrible no se encuentra fuera de nosotros, bajo la cama o detrás de una columna aguardando nuestra llegada (aunque también están allí, es cierto), sino en nuestro interior. La bestia, como un Mr. Hyde cualquiera está ahí, oculta (perdónese la redundancia para aquellos que dominen en idioma del más famoso bardo de la historia), pero presente, deseando, ansiando, desesperada por salir. No se lo permitas. Nacho narra muy bien la razón de esta advertencia…. Ni que decir tiene que no sólo no me desdigo de nada de lo dicho, sino que soy consciente de que me quedé corto en mis elogios.
El hombre imaginado, la primera obra que publica Pedro Escudero Ediciones, es en esta ocasión un regalo aún mayor para el lector. En la propia página web pueden descargarse más relatos del autor e incluso ha habido un plus de tres relatos para aquellos que reservaron su ejemplar antes de que viera la luz. Podría opinar sobre esos tres cuentos y los que pueden encontrarse en la página, que siguen el estilo del resto de la obra, pero no lo voy a hacer. Como dijo en su día don Francisco Umbral en la que seguramente sea su intervención televisiva más famosa, yo he venido aquí a hablar de mi libro. En este caso del libro de Nachob y, seguro, no me consentiría que me desviara a otros asuntos que, es evidente, caen más en operaciones de mercadotecnia y estrategias editoriales. Casi todos los relatos fueron publicados originalmente por el propio autor en un libro al que tituló Un año de palabras. Sin embargo su mente inquieta no le dejó quedarse satisfecho con ello: se debía a sí mismo y a aquellos que admiran su trabajo mucho más. Se debía una transformación de aquella crisálida en una mariposa de literaria. Se debía El hombre imaginado.
Y hay que decir como anécdota que el título fue elegido por él mismo cuando la editorial le proponía otros (El hombre en mí, por ejemplo) que hubieran sido más coherentes con su trabajo anterior. Pero Nachob poco quiere saber de coherencias o lógicas que corresponden al mundo real cuando se trata de su obra. Quiere que la misma sea un reflejo de su mundo interior, de lo que siente, piensa, sueña o alucina. Se llamará ‘El hombre imaginado’, lo he decidido. Y los demás, pobres mortales junta letras que no alcanzamos a comprender lo que un verdadero genio de la escritura tiene en mente, tenemos ahora un libro con ese título en nuestras manos. Y, reflexionándolo ahora, nos parece que ningún otro encabezamiento le hubiera ido mejor. Así es Nachob, hace que lo imposible parezca viable y te convence de que nunca hubiera podido ser de otra forma. Juan Ángel Laguna Edroso comenzó el prólogo de El monstruo en mí con una exclamación, un eureka literario: ¡He creado un monstruo!. Tenía razón. Supongo que la exclamación que podríamos gritar ahora, usando un idioma que no fuera de este mundo, es ¡Hemos imaginado un hombre!
La obra se haya dividida en tres partes claramente diferenciadas por el propio autor, al que se le ha permitido manejar su criatura como si fuese una configuración del lamento de Hellraiser, con sus intrincadas descripciones y sus adornos, en forma de palabras, y el miedo a que algo horrible surgiera de su interior y nos devorara en medio de su lectura. De monstruos, De héroes y De estrellas son las tres secciones que dividen el libro con la precisión de un cirujano con mal pulso. Como ya he dicho en otra ocasión, cuando tuve la oportunidad de leer el libro por vez primera, creo que en el fondo todo ser humano es un héroe y un monstruo al mismo tiempo, una dualidad muy del gusto de los seguidores de R.L. Stevenson y tantos otros que mostraron la naturaleza dual de la persona, pero todos miramos a las estrellas anhelando un futuro mejor. Incluso los monstruos. Especialmente, creo, en estos tiempos aciagos que nos han tocado vivir. Algunas de las obras parecen escritas para otro de los apartados del libro, hasta que Nachob nos demuestra que sabe la razón que le asiste para su colocación en el apartado donde la ha dejado descansar.
Los títulos de los cuentos son los siguientes:
De Monstruos: El encuentro, No hay prisa, Dios es un cruel amante, El odio, Ratas, Vlad y Nadie es inocente.
De Héroes: Donde anidan los mirlos, Horda y El corazón del héroe.
De Estrellas: Se le oía cantar, El tirano, As time goes by (El dolor no es bueno), Una decisión lógica, La mala hierba, Mundo humano (Almas de metal), Evolución, Invasión y Al otro lado del espejo.
Diecinueve relatos de los cuales no podría descartar ninguno, si bien tengo mis favoritos como ocurre en cualquier antología. Desde el relato más clásico de fantasmas, pasado por el relato histórico, mitológico, de ciencia ficción, bélico futurista, dramático e incluso asesinos que desconocen su naturaleza como tales. Pero, como he dicho, Nachob es pura fantasía personificada en un escritor bonachón y muy familiar que a veces juega al engaño. Lo sepa él o no. Se le oía cantar, mi relato preferido de todo El hombre imaginado podría haber sido incluido en el apartado De Héroes si no fuese de ciencia ficción, aspecto que le obligaba a estar entre las Estrellas. O quizá sean los propios relatos los que juegan al engaño con él, pero el titiritero de Nachob nos lleva por el camino que quiere, y más de un sentido como podremos ver, y nos termina sorprendiendo con ese último giro de tuerca creado con mimo, cuidado e imaginación para provocar nuestra sorpresa final. Soy consciente de la continua y cargante insistencia en la palabra imaginación pero, ¿no es acaso lo que he afirmado en el primer párrafo de esta humilde reseña?
Hablaba de caminos hace unas líneas, y es que el libro nos ofrece dos formas de ser leído: bien de la manera tradicional, en línea recta hacia delante, relato tras relato hasta el final, que es como el autor ha montado su caja puzle de cuentos, o bien realizando saltos entre los relatos. Como si se tratase de un antiguo libro de Elige tu propia aventura, Nachob nos ofrece la oportunidad de leer El hombre imaginado en el mismo orden en el que él concibió los relatos. Este pequeño juego metaliterario muestra una perspectiva diferente del libro y encaja de otra manera distinta las piezas de su configuración del lamento privada. Pero no nos engañamos y sabemos que el resultado es el mismo aunque, eso sí, el recorrido nos lleva por los mismos paisajes de manera diferente. Se parece mucho a alzar la vista en medio de la ciudad y contemplar edificios que siempre han estado ahí, pero que nunca han sido observados de esa forma. El relato anterior marca al lector para el siguiente, y nuestro querido autor lo sabe, y por ello nos ofrece dos rutas para experimentar sensaciones diferentes con los mismos cuentos colocados en otro orden. Su orden.
Puedo imaginar que todos los que estén leyendo esta reseña, si han tenido la santa paciencia de llegar hasta aquí pensarán: espera… aún no nos has contado nada del contenido de los relatos, no nos has dicho de qué tratan salvo vagas generalidades y opiniones del conjunto de la obra. Sí, es cierto, y es un acto plenamente deliberado, una decisión muy personal que adopté tras pensar cómo enfocar la reseña del libro de Nachob. No se merece que destripe su trabajo con mis torpes palabras mostrando las tripas de lo que tan trabajosamente ha creado como el que muestra un descubrimiento a los cuatro vientos. Su secreto está a salvo conmigo porque no tengo derecho a diseccionar su genialidad y, sí, su imaginación. Creo que al final de esta reseña conseguiré que el lector piense que soy un tanto repetitivo, pero al menos creo que habré grabado a fuego esa palabra en su mente para cuando piense en este libro. Ni que decir tiene que me daré por contento si esto es así. Y esta situación, el no querer revelar nada acerca de los relatos, hace que me venga a la mente la frase de la contraportada, una anécdota de Samuel Clemens conocido como Mark Twain.
En una anécdota algo variable según quien la narre, pero cierta en su trasfondo, se dice que el genial escritor americano se encontraba realizando un viaje en tren y comenzó una agradable conversación literaria con su compañero de vagón. Tras un rato de charla sobre libros y autores varios, Mark Twain decidió realizarle a su interlocutor una pregunta amparándose en su anonimato acerca de su opinión sobre Las aventuras de Huckleberry Finn, libro que como todo lector sabe, él mismo escribió. El pasajero le contestó, para su sorpresa, que deseaba no haber leído jamás ese libro. Mark Twain, herido en su orgullo de escritor, replicó que a él no le parecía tan malo. No, no me ha entendido usted. No es que me parezca malo, sino que gustaría no haberlo leído nunca para poder disfrutarlo ahora como la primera vez. No existe, creo, mayor elogio que pueda realizarse de una obra de cualquier tipo. En este caso nos encontramos en una situación similar: envidio a los que van a leer este libro por primera vez, los que van a conocer a sus personajes, vivir sus aventuras y descubrir sus secretos. Ojalá pudiera hacerlo de nuevo sin conocer saber nada de él.
Me voy a permitir algo que no suelo hacer: indicar algunas direcciones de la Red donde pueden encontrarse páginas de gran importancia para los seguidores de Nachob o para quienes deseen adentrarse en su mundo:
El monstruo en mí, de la editorial Saco de Huesos, que fue ganador del Premio Cultura Hache al mejor libro de relatos y finalista en los premios Ignotus y Nocte en las modalidades de Mejor antología y Mejor relato con Casa Ocupada.
El libro en el que está centrada esta reseña, El hombre imaginado, destinado por su calidad y buen hacer a convertirse en el siguiente clásico y sólo podemos imaginar cuántas cosas más.
Y, por último, la página que el propio autor creó con ocasión de El monstruo en mí llena de críticas a su libro en las que no puede encontrarse ni una sola negativa. Y no porque las eliminase o escogiese no incluirlas. Es que no existen.
Hablando personalmente con el autor, cuando nuestros caminos se han cruzado, le he expresado en diversas ocasiones mi deseo, y de otros muchos como yo, de que escriba una tercera antología que sirva como colofón a lo que siempre me ha parecido una trilogía acerca del hombre y el monstruo que se oculta tras él. No sé si escuchará las peticiones de aquellos que admiramos su trabajo con sincera devoción, pero espero que así sea y dentro de no mucho tiempo nos sorprenda agradablemente con otro libro más. Y ahora que concluyo esta reseña, debo admitir que no soy en absoluto imparcial. Me es imposible. Es como si tuviese que reseñar una obra de Edgar Allan Poe, Howard Phillips Lovecraft, Isaac Asimov o Clive Barker. ¿Cómo ser imparcial ante lo que cala tan hondo en el corazón del lector? Es una tarea imposible. Es como leer El hombre imaginado y no sentir nada. Impensable.


Título: El hombre imaginado
EDITORIAL: Pedro Escudero Ediciones
ISBN: -
Autor: José Ign

acio Becerril PoloPáginas: 311

A Dance With Dragons: Tejiendo y tejiendo

Dance with dragons

dancewithdragonsA Dance With Dragons: Tejiendo y tejiendo
Tras unas semanas de digestión, y es que la comida es bien copiosa, creo que me encuentro ya en condiciones de decir alguna cosa sobre “A Dance With Dragons”, quinto volumen en la saga que todos conocemos, “Canción de hielo y fuego”, y penúltimo paso cara su ansiada conclusión en el séptimo capítulo: “A Dream of Spring”.
Y sucede… Sucede que uno se encuentra, como suele ser común en las grandes obras, con una moneda. La cara es hablar largo y tendido, llenar un volumen, tal vez no tan extenso como Martin, pero, desde luego, no ligero, desgranando al detalle su estructura, técnica narrativa, etopeyas y el largo etcétera de complejos mecanos que conviven, en (casi) imposible equilibrio, en una novela. La cruz, limpiarse los labios, carraspear y soltar un: «Gracias, Mr. Martin». Y a esperar al siguiente plato.
Así que lancemos la moneda. ¡Ahí va! Vaya… Ha caído de canto… Parece ser entonces que tendré que quedarme a medio camino de la cara y la cruz, y afrontar una reseña (lo más libre de spoilers posible) de un tamaño más legible digitalmente sin resultar telegráfica.
Pues bien, todas las constantes ya conocidas por los lectores de la saga (y concibo este comentario para aquellos que al menos se hayan leído algunos de los libros) se mantienen. Y se potencian. Podríamos decir, redundando, que se potencian a la enésima potencia.
Hagamos algunos números. Tenemos dieciséis personajes narradores. Dieciséis. Esto deja casi en ridículo a cualquiera de los libros anteriores (incluyendo el nutrido casting de “Festín de cuervos”). Tenemos una extensión total por encima de las 400000 palabras (restando prólogos y epílogos, sobre un “El señor de los anillos”). Y tenemos el mayor número de ambientaciones vistas hasta el momento: Los Siete Reinos más el Muro, Pentos, los mares y Las Ciudades Libres. Además, los tenemos (exceptuando los Siete Reinos, que ya los conocíamos bien) explorados en un detalle infinitamente superior al de anteriores volúmenes.
Es decir, que nos hayamos con la novela más compleja y ambiciosa de toda la saga, una que tras su lectura hace más perdonable el inefable retraso acumulado por el bueno de George en su escritura.
Ahora bien, números aparte, ¿valió la pena la espera? Rotundamente: Sí.
Cuestiones clave como el Cuervo de los Tres Ojos, la veracidad o no de Stannis como Portador de la Luz, la naturaleza warg de los Stark y, el punto culminante, la danza con los dragones, son contestados. Pero lo importante es el cómo. Martin teje y teje y teje y consigue que el tapiz no encuentre una sola falla de tempo, un solo instante de desfallecimiento y no se equivoca jamás en relatar, con su característica visión doble (a vista de pájaro con la trama y en primera persona para cada uno de los narradores), la verdad de la historia y no su mecanicismo.
Además, “A Dance With Dragons” es el libro más variado de la saga. Ya no sólo porque se desarrolle en el mayor número de ambientes, sino porque sus personajes, aunque su número pueda parecer excesivo, elevan al epítome esa sensación de verdadera Historia con mayúsculas vivida, como siempre se vive la Historia, por personajes ciegos al gran dibujo. Solo nosotros, afortunados lectores, podemos ver el tapiz completo.
Pero el ideal de variatio aplicado por Martin va más allá de tener personajes (en lo espacial) estáticos (Jon y su muro y Daenerys y Meereen, por ejemplo) y dinámicos (por antonomasia, Tyrion, cuyo arco argumental bien merecerá la pena leer, a saga conclusa, como novela picaresca independiente de extraordinaria calidad) o de distinta condición. Va en el sabor que otorga a cada punto de vista, en cómo especia los párrafos dependiendo de quién cargue la narración. Va en ese «silenciosa como una sombra», «yo seré una niña que nada sabe sobre la guerra, pero…» o en «hedor, hedor, rima con dolor». De este último, si no lo han leído, aún no saben nada. Pero ya sabrán.
Cabe advertir también que es el libro más duro de la saga (sobre todo con un personaje, ese Hedor, Reek en el original, al que mencioné en el párrafo anterior). A Martin nunca le ha temblado la mano en ninguna de las facetas de su novela. Pero si hay una en la que destaca por no tener piedad es en el sino de sus personajes. Las cosas adquieren una negrura ni siquiera comparable a los peores momentos de Tormenta de espadas, si bien es también la más equilibrada, al contar con los mejores pasajes de humor (Tyrion, siempre Tyrion) de lo que llevamos de epopeya.
En cuanto a la estructura temporal, debemos visualizar “A Dance With Dragons” partiendo de “Tormenta de Espadas” como origen y en paralelo a “Festín de cuervos”. Me explico de nuevo. “Tormenta de Espadas” es el gran río, el Amazonas por el que discurre, en un solo cauce, “Canción de hielo y fuego”. Ese cauce se parte en dos en los siguientes volúmenes, que corren paralelos; en un principio. Así, las primeras setecientas páginas (quizá alguna menos; hablo de memoria, pero creo que el capítulo que nos pone en kilómetro 0 post-“Festín de cuervos” es de Jaime) de “A Dance With Dragons” transcurren al mismo ritmo temporal que “Festín de cuervos”, pero mostrándonos lo que no habíamos visto. A partir de ahí, partida nueva, como suele decirse.
Además, Martin me ha vuelto a demostrar (y es que llevo mucho andado con él ya, tanto en Poniente como en otros territorios) que es un artista… «por accidente». Me explico. Martin comienza sus historias como un Harlan Ellison, un Stephen King o un Hemingway. «No me llame artista, llámeme artesano» podría ser el lema de cualquiera de los cuatro. Pero, y curiosamente a los otros les sucede también, de pronto se convierten en artistas. El artista es aquel, según yo lo entiendo, que alcanza un estado tan cercano al alma, a lo extra-mental, que en esos momentos es ciego a todo lo demás, lógica incluida. Pero el primero-artesano-luego-artista es doblemente gratificante (otro ejemplo, Clint Eastwood; o Spielberg), porque se ha pasado «currando» en las cañerías antes de sacar a relucir los diamantes. Y este largo párrafo por los cerros de Úbeda viene a colación de esta certeza que me asaltó al leer el último capítulo. No diré a quién corresponde, aunque sea mera cuestión de mirar el índice, ni daré pistas de qué se relata. Solo diré que en ese capítulo, Martin es solo artista, no artesano. El camino que le condujo allí fue el de la artesanía (y la mecánica para poder narrarlo). Pero lo narrado en sí, es arte.
Y punto finito. Sinceramente, casi lamento que cayera de canto. Con el “Gracias” bastaba.
Título: Dance with dragons
EDITORIAL: Bantam Spectra
ISBN: 0-553-80147-3
Autor: George R. R. Martin
Páginas: 1040

libro: dejame entrar

Déjame entrar

DejameOskar es un niño solitario y triste que vive en los suburbios de Estocolmo con una morbosa y particular afición: le gusta coleccionar recortes de prensa sobre hechos macabros y asesinatos violentos. No tiene amigos y sus compañeros de clase se mofan de él y le maltratan a diario. Una noche conoce a Eli, su nueva vecina, una misteriosa niña que nunca tiene frío, despide un olor extraño y suele ir acompañada de un hombre de aspecto siniestro llamado Håkan. Oskar se siente fascinado por Eli y al poco tiempo se hacen inseparables. Por esas mismas fechas, una serie de crímenes y sucesos extraños hace sospechar a la policía local de la presencia de un asesino en serie. Nada más lejos de la realidad. La historia comienza con una mudanza de un hombre y su hij

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Les dejo algunas caricaturas que encontré en la web de diferentes personalidades según la visión de cuatro dibujantes argentinos: El Niño Rodríguez, Gastón Souto, El Tomi y Max Aguirre. Por si alguien no los conoce, menciono que todos colaboran en la revista Fierro, y dejo también algunos datos de cada uno. 
Les dejo algunas caricaturas que encontré en la web de diferentes personalidades según la visión de cuatro dibujantes argentinos: El Niño Rodríguez, Gastón Souto, El Tomi y Max Aguirre. Por si alguien no los conoce, menciono que todos colaboran en la revista Fierro, y dejo también dibujantesalgunos datos de cada uno. 

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